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Following is a sample translation:



TRANSLATION BY TOM RAMSTACK

TULIO MONTALBAN AND JULIO MACEDO


by Miguel de Unamuno

    What a life, that of Don Juan Manuel Solorzano and his daughter Elvira, on that island -- a rocky islet rather -- lost in a corner of the ocean. "To know everything there is to know about ‘isolation,’" Don Juan Manuel often said, “you have to live on an island like this one.” You have to live, huh? Have to? More than isolation, this was extreme isolation. And if Mr. Solórzano put such an emphasis on the "have to,” it was because he felt his short heritage made him rooted in it, leaving him as the only one to take care of it. The master's eye fattens the horse and makes even the most thankless land productive.


            More than the fateful need to take care of the farm in that desert island sustained him and his daughter, it consoled Mr. Juan Manuel, letting him dedicate long and frequent leisure time to study history. With very sweaty and laborious efforts, he put together a regular library, especially works that discussed island homes or mentioned them in any way. He proposed writing copiously and minutely about his island, and most especially the so far badly told stories of the lineages of twelve of the island’s patrician families, descendants of the early colonists and conquerors who still remained on it. Among the lineages was, of course, the first of the Solórzanos. And as Don Juan Manuel was the first-born heir of this old colonial house, he thought of himself as something like the honorary viceroy of the island. And also because of his strong genealogy that connected him to it.

They lived in the small town of colonial architecture, capital of the island, in an old house overlooking a solitary street; a mansion of long corridors and vast rooms, most of them tired and empty or filled with rickety and moth-eaten furniture. In one of them, Mr. Juan Manuel had brought together a number of skulls and other bones of the original inhabitants of the island, the Indians who arrived to find their “conquerors,” as he who considered himself their most genuine and direct descendant pompously called them. In another he had installed his library and this was where he killed time during his empty days, especially in bad years when his meager income dwindled. In the library also his daughter wasted away much of her youth, living without friends as solitary as a potted flower in the shade.

            She was entering her twentieth year consumed by a desperate hope, by an impossible yearning. Yes, the isolation of her ancestral home weighed on her. Clouds passed over the island without dropping their moisture and ships passed by without stopping at the small harbor, which was in their capital. Sitting on a ledge of rock overlooking the small gulf that included the port, Elvira Solorzano spent long hours of long days of her life, though short in years, long in waiting and sadness, contemplating the immense bitterness of the sea and how the ships passed along like clouds, perhaps carrying the prince of her dreams. Thus she languished on that small island, while on the wide lands, in the vast continents, the one who was destined by God to be her companion for life was consumed by lonely dreams. Because for Elvira, the ring for her middle finger, and her soulmate from the other sex, was an undeniable truth. As much as a vague Divine Providence made her dream that one day God would fall onto the island, perhaps saved from a shipwreck in a stormy night , the man who was to be hers was predestined since the time of Paradise. As a result, during stormy whitewater nights when ships could be seen trying to outrun a squall, she would feel shaken to the roots of her soul while she desperately waited.


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Spanish Version



    ¡Qué vida aquella, la de don Juan Manuel Solórzano y su hija Elvira, en semejante isla, más bien islote, perdida en aquel rincón del océano! «Para saber todo lo que se dice, sin saberlo, al decir «aislamiento»—decía a menudo don Juan Manuel—, hay que tener que vivir en una isla así, como esta... tener que vivir ¿eh?, «tener que»... Aunque esto masque aislamiento es «¡aislotamiento!» Y si el señor Solórzano ponía tanto acento en el «tener que» era porque lo menguado de su patrimonio le exigía vivir arraigado en él, cuidándolo por sí mismo, que el ojo del amo engorda al caballo y hace productiva a la tierra más ingrata.

Mas de la fatídica necesidad de tener que cuidar de la finca que en aquella isla perdida les sustentaba a él, al señor Solórzano, y a su hija, consejábase don Juan Manuel, dedicándose en sus largos y frecuentes ocios al estudio de la historia. Para lo que con muy sudadas y trabajosas economías, llegó a reunir una regular biblioteca, sobre todo de obras que trataran de la isla solariega o que la mencionaran en algún modo. Proponíase escribir copiosa y menudamente de su isla, y muy en especial de los linajes de la docena, mal contada, de familias patricias, de descendientes de los primitivos colonos y conquistadores que aun en ella quedaban. Entre los cuales linajes estaba, naturalmente, como el primero el de los Solórzanos. Y por ser don Juan Manuel el mayorazgo de esta vieja casa colonial, se creía algo así como el virrey honorario de la isla. Y era su fuerte la genealogía,

Habitaban en la pequeña ciudad, de aspecto colonial, capital de la isla, un viejo caserón que daba a una solitaria calleja; caserón de largos corredores y vastas habitaciones, las más de ellas destartaladas y vacías o llenas de muebles desvencijados y apolillados. En una de ellas había reunido D. Juan Manuel un buen número de cráneos y otros huesos délos primitivos habitantes de la isla, de los indígenas que al arribar a ella encontraron los «conquistadores», como pomposamente los llamaba él que se creía su másgenuino y directo descendiente. En otra había instalado su biblioteca y aquí era donde mataba las horas de sus días vacíos, sobre todo cuando en los malos años sus escasas rentas menguaban. Y en la biblioteca también ajaba gran parte de su triste mocedad su hija, que vivía sin amigas, como una flor solitaria en un tiesto a la sombra.

Iba ya ésta entrando en sus veinte años consumida por una esperanza desesperada, por un anhelo imposible. ¡Sobre ella sí que pesaoa el aislamiento solariego! Las nubes pasaban sobre la isla sin dejar caer en ella su riego y los buques pasaban a lo largo sin detenerse en el pequeño puerto, que era su capital. Sentada en un rellano de una roca que dominaba al golfo diminuto en que estaba el puerto, pasábase Elvira Solórzano largas horas de largos días de su vida, aunque breve en años, muy larga en esperas y tristezas, contemplando la inmensa amargura del mar y cómo pasaban a lo largo, como las nubes, los buqnes, llevándose acaso al príncipe de sus ensueños, ¡Consumirse así, en aquella pequeña isla, cuando acaso en las anchas tierras, en los vastos continentes, se consumía de soledad de ensueños aquel a quien Dios le destinó para ser el compañero de su vida! Porque para Elvira lo del medio anillo, lo del alma gemela y en el otro sexo, era una verdad inconcusa. A tanto, que en un vago providencialismo místico solía soñar que un día Dios haría caer en la isla, acaso salvándose de un naufragio en noche de tempestad, al hombre que le estaba desde los tiempos del Paraíso terrena!, predestinado. Por lo cual solía las noches de bravas tormentas y cuando se decía que hubiera buque a la vista corriendo el temporal, sentirse sacudida hasta en las raíces del alma desesperada de esperar.